SUECIA

Nunca sé lo que voy a escribir cuando me acerco a esta pequeña pizarra. Hoy está el cielo claro. Los vencejos vuelan haciendo círculos y ahí arriba, por la parte de la Verónica, los castaños recortan sus siluetas verdísimas. Es este un paisaje apacible. Con tejados, chimeneas, el verdeplata de los olivos, las rosas blancas, los ladrillos ennegrecidos por la lluvia, el naranjo de Vitorino, las paredes de adobe rematadas por los tejadillos, las horquillas de tender la ropa, amontonadas en un rincón y dirigidas hacia el cielo, como lanzas. Pero no, ahora pienso en Copenhague. En cómo será Copenhague, en cómo será pasar el estrecho para llegar hasta Suecia. Cómo será el cielo sueco. Los bosques suecos. Cómo olerá Suecia. Es así, uno no siempre está pensando en esas cosas que tanto nos inquietan, como es la economía, y todas esas cosas ligadas como grapas oxidadas a la existencia. Pienso volanderamente, como si fuese una sábana levemente empujada por la brisa. Pienso en cómo, poco a poco, nos van sangrando, hoy esto, mañana lo otro, recortándonos hasta dejarnos pelados. Y así, piensan arreglar el problema. Lo sabemos: estamos en manos de incompetentes. Nos gobiernan perfectos incompetentes. Aquí y allá. Estos y los otros. Por todas partes. Vivimos mal que nos pese en una sociedad de consumo, de modo que mientras más nos aprieten el bolsillo, más decaerá el consumo -léase impuestos indirectos-, el empleo, y todo lo demás. Pero se empeñan en estrangular la gallina. Y sin gallina no hay nada. Ni siquiera Suecia. Ni siquiera esos tejados, esas chimeneas, sobre las que vuelan vencejos. Eso, vencejos, Suecia, en fin, tú ya me entiendes.

LOS HOMBRES-HIENA
 
No es que sean como nos lo han contado o al menos como nosotros dimos en imaginarlos. De hecho, son de nuestra estatura y usan polainas y gorros y relojes como los nuestros. Su risa podría ser la risa de un profesor de matemáticas, la de un empleado del ayuntamiento o la de un vendedor de periódicos. Si los oyes hablar, estás perdido porque lo hacen en nuestra misma lengua, de nuestras mismas cosas y con idéntico acento. Es necesario un ojo clínico para sospechar de ellos por su forma de vestir o de peinarse. Algunos son calvos y otros llevan medias melenas, pero también los hay rasurados, afeitados, ventrudos, de nariz aguileña o de ojos estrábicos. Se reproducen con alarmante facilidad y sólo hay una forma de desenmascararlos: pronunciando alguno de estos dos conjuros mágicos:
A: "Aquí lo que está haciendo falta es mano dura".
B: "Yo a estos negros los metía a todos en un avión y los mandaba echando leches a su selva".
Mirad entonces el brillo de sus ojos. Yo les aseguro que no tendrán la menor duda de si se hallan o no ante un hombre-hiena.

1 comentarios:

RAMON LLANES dijo...

aquí estoy amigo, oliendo tus castaños, estremecido por el hombre de negro que pasa tu esquina, volviendo a ïtaca con Kavafis y merodeando tus gustos líricos para hacerme de un estío pleno en las sensaciones aprendidas. AQuí, por este deber de comunicarnos en el placer de la escritura, con mi abrazo.